China cumple el sueño de Mao con la receta contraria

China cumple el sueño de Mao con la receta contraria

En ninguna grabación se escucha a Mao proclamando que China acababa de ponerse en pie pero así ha quedado para la historia. En aquella germinal alocución apenas aclaró que quedaba constituido el Gobierno de la República Popular. El mensaje sobrevuela la literalidad: despertaba un pueblo que, según la profecía napoleónica, cambiaría al mundo. Mao sigue supervisando a su pueblo desde el retrato que remata la entrada sobre la Ciudad Prohibida, apenas unos metros detrás del estrado sobre el que 70 años atrás se dirigió a la muchedumbre apretada en Tiananmén.

Mao estaría más que satisfecho de dónde ha llegado aquel país empobrecido y devastado por la guerra civil, el imperialismo japonés y la rapiña colonial europea. Es probable que presentara objeciones a lo que han hecho con su andamiaje comunista  pero hace tiempo que China prioriza el qué al cómo.
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Cualquier anciano aquí es un superviviente contumaz, con su biografía hilvanada por guerras, las hambrunas del Gran Salto Adelante o el holocausto moral de la Revolución Cultural. Décadas de “trabajo duro” y “luchas épicas”, ha corroborado el presidente Xi Jinping, quien también fue enviado a curtirse a las zonas rurales en los tiempos más convulsos. Ese camino pedregoso y oblicuo es el que China recordará este martes en una de esas citas con la historia que baña en oropeles y boato.

Pobreza
Ningún país ha cambiado tanto y tan rápido y pocos tienen más razones para felicitarse. Aquel país misérrimo y hambriento, con Mao como excepción obesa, erradicará la pobreza el año próximo. Ningún Gobierno la ha combatido más y mejor, ha ratificado la ONU: hay algo de falaz en congratularse por la reducción de la pobreza en el mundo cuando en las últimas décadas la ha monopolizado Pekín. 

La agricultura ha pasado de emplear al 83,5% de los chinos en 1952 a solo uno de cada cuatro, la renta per cápita ha crecido de los 54 dólares a casi los 10.000 dólares y su contribución a la economía global ha pasado del 1,8% al 16%. Iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda o el Banco Asiático de Inversión e Infraestructuras subrayan su huella y suponen un saludable contrapeso al casposo proteccionismo de Washington o Londres. Solo gobiernos afines como el ruso o el germano oriental reconocieron a aquella China maoísta que hubo de esperar a la visita de Nixon en 1972 para que la ONU le diera la silla que había ocupado Taiwán.

China ha mutado su patrón productivo a velocidad supersónica: del campo a las fábricas que regaron el mundo de falsificaciones y manufacturas baratas y ahora pelean por la cúspide tecnológica mundial en su último y más ambiciosa giro. Los consumidores se mofaban ayer de los móviles chinos, aquellas groseras copias, y hoy Huawei lidera las ventas en buena parte del mundo y carece de rival en las redes 5G que transformarán nuestras vidas. El Plan China 2025, que enfatiza el desarrollo de las áreas estratégicas de este siglo, motivó que Estados Unidos le declarara la guerra comercial.

También su proceso de urbanización carece de precedentes por su ritmo y magnitud. La población rural apenas bajó del 89% al 81% durante las tres décadas maoístas, pero la apertura económica estimuló el mayor movimiento de la humanidad en tiempos de paz. Los chinos de las regiones centrales buscaron su porción del milagro económico en las fábricas diseminadas por toda la costa oriental. Las ciudades acogieron a más chinos que el campo por primera vez en el 2012, el porcentaje urbano alcanza hoy el 60% y aún queda un buen tramo hasta el 80% de las economías desarrolladas. China ha jubilado su milenaria tradición agraria en apenas una generación cuando Europa necesitó más de tres. Hoy cuenta con más de un centenar de ciudades con al menos de un millón de habitantes. Shenzhen sirve de epítome: aquella aldea de campesinos de 30 años atrás es hoy una macrourbe de 12 millones de habitantes de epatantes rascacielos y amplias avenidas que mira desacomplejada a la vecina Hong Kong.

Fuera corsés ideológicos
Deng Xiaoping, el clarividente arquitecto de las reformas, liberó a China de los corsés ideológicos. No hay nada alabable en la pobreza, aclaró en su defensa del socialismo con características chinas. Ese eufemismo validó anatemas como la entrada de los empresarios en el partido, la mención del mercado en las políticas oficiales o el actual peso del sector privado en la economía.

El lugar que esta potente China ocupa en el mundo satisfaría a Mao pero mucho de lo que muestra hoy el país atenta contra su legado, corrobora Stanley Rosen, profesor de Ciencia Política en el Instituto Estados Unidos-China de la Universidad de South Carolina. “Escribió sobre la creación de un nuevo hombre y mujer socialista o la eliminación de las tres grandes diferencias sociales (trabajador y campesino, labores manuales y mentales, ciudad y campo) y persiguió la modernización e industrialización rápidas a través de esfuerzos como la colectivización”, sostiene. No hay nada menos comunista que las fuertes desigualdades sociales.

La China actual no se parece en nada a aquella pero la población no ve una ruptura abrupta, sino un hilo conductor que enlaza a Mao con la inminente conquista de la cúspide global. El asunto consistía en levantarse.

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