director del centro que creó una vacuna rusa

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Cómo el ébola ayudó: director del centro que creó una vacuna rusa contra el covid-19 explica el proceso y cómo funciona

De momento se ultiman los preparativos para registrar la vacuna creada por el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, probada con éxito en 38 voluntarios.

La vacuna que contra el nuevo coronavirus ha desarrollado el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya aspira a ser la primera en ser registrada en Rusia y administrada a la población. El director del centro Gamaleya, Alexánder Guíntsburg, contó en detalle –en una entrevista exclusiva para el canal Rossiya 24– cómo funciona y por qué los vacunados no deben temer contagiarse con el covid-19 por causa de la inyección.

¿Cómo funciona?
El objetivo de cualquier vacuna es siempre el mismo: lograr que simule una infección viral para que el sistema inmune ‘se lo crea’ y reaccione en su propia defensa. Para la creación de esta en particular, los investigadores del Gamaleya hicieron uso de la vacuna desarrollada contra el virus del ébola. “En el adenovirus se insertó una copia del ADN de un determinado virus del ébola, que induce una respuesta inmune”, explica Guíntsburg.

“A diferencia de los ácidos nucleicos ARN y ADN, que también llegan a nuestras células, la eficacia de la entrega del ácido nucleico aumenta en miles, decenas de miles de veces cuando están cubiertos con una envoltura del virus, que originalmente aprendió a entrar en nuestras células en el proceso de la evolución”, detalla.

Al penetrar en nuestras células, esta partícula de pseudoadenovirus ‘se desviste’ como cualquier adenovirus, liberando ADN. En el ADN se sintetiza ARN, y en este, a su vez, hace lo propio “la proteína que necesitamos”, indica el director del centro, detallando que luego esa proteína “migra a nuestra membrana celular, donde se ensambla en la estructura necesaria” y en ese estado se presenta a nuestro sistema inmunológico.

¿Puede provocar covid-19?
Guíntsburg afirma que no hay razones para temer que la vacuna pueda “hacer algo malo en nuestro cuerpo”, ya que las partículas no están vivas y no se pueden reproducir. “Lo único que pueden hacer es provocar algún tipo de malestar”, puntualiza el científico, para explicar que cuando introduces en el cuerpo “un antígeno extraño”, el sistema inmunológico comienza a “funcionar con fuerza”, de manera que la temperatura corporal puede aumentar en algunas personas “de forma natural”. Este efecto adverso, según lo demostraron los ensayos clínicos, “se elimina con una tableta de paracetamol”.

¿Habrá que vacunarse cada año?
El jefe del centro admite que, de momento, es imposible saber si habrá que vacunarse de manera regular o si bastará con una sola dosis. En este sentido, ejemplifica que “puede suceder como con el virus de la influenza”, de forma que sea necesario vacunarse cada dos o tres años o, incluso, “cambiar la composición antigénica de la vacuna cada año”. Por otro lado, si pasa como con el virus del sarampión —que “aparentemente nunca ha cambiado”—, habrá “una vacuna de una vez por todas”. “Me gustaría que la evolución fuera de esta manera. Pero, lamentablemente, actuará según sus propias leyes, que no conocemos, y solo veremos el resultado de lo que sucederá”, reconoce Guíntsburg, quien cree que sabremos la respuesta “en el próximo año y medio o dos años”.

La vacuna
Creada de forma artificial, sin ningún elemento del coronavirus en su composición, la vacuna se presenta en forma liofilizada, como un polvo que se mezcla con un escipiente para disolverlo y luego administrarlo por vía intravenosa.

En los ensayos clínicos de la vacuna, que tenían como objetivo evaluar su seguridad y los efectos en el organismo, participaron un total de 38 voluntarios de entre 18 y 60 años. Los médicos dieron la investigación por exitosa y concluyeron que la vacuna es segura: al final del proceso “todos los voluntarios tenían inmunidad”. Yelena Smoliarchuk, directora del Centro de investigación clínica sobre medicamentos de la Universidad Séchenov, afirmó que la protección máxima se alcanza tres semanas después de la inyección, cuando se desencadena la respuesta del sistema inmunológico.

Los científicos rusos no precisaron qué cantidad de anticuerpos se detectó en los voluntarios, ni tampoco detallaron qué concentración es la que garantiza la inmunidad que destacaron tras los primeros ensayos clínicos.
Determinar la eficacia de una vacuna puede llevar años. Al día de hoy, la comunidad científica no sabe con exactitud qué concentración de anticuerpos es necesaria para hablar de inmunidad al covid-19 o, al menos, de una lucha eficaz del organismo contra el virus.
Además, los científicos determinaron recientemente que la concentración de los anticuerpos del covid-19 disminuye rápidamente con el tiempo. No se sabe si este hecho puede influir en la resistencia del organismo y, por lo tanto, en la eficacia de una vacuna, aunque en el caso del brote del SARS en los años 2000 los anticuerpos estuvieron presentes en los recuperados durante un período relativamente largo.

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